sábado, 10 de octubre de 2009

Los primeros deportados al campo de Mauthausen

Los civiles del Convoy de los 927 no fueron sin embargo los primeros españoles en llegar a Mauthausen. Antes hubo cuatro contingentes de soldados españoles provenientes de los stalags (campos de prisioneros). El primero provenía del Stalag XIIIA, situado en Moosburg, cerca de Munich y transportaba a 392 republicanos españoles, entre ellos, a Francisco Jódar Camacho (Bédar, 1919), Ricardo Zapata Sánchez (Cuevas del Almanzora,1910) y Antonio López Tarragona (Lúcar, 1910). Tres días más tarde llegaría Juan Carrillo Pérez (Cuevas del Almanzora, 1918), el 9/08/40, procedente del Stalag I-B (Hohenstein) . Y poco después fueron deportados a Mauthausen Pedro Aznar Gómez (Cuevas del Almanzora, 1916) y José Márquez Murcia (Cuevas del Almanzora, 1900) el 13 de Agosto, procedentes del Stalag IX-A (Ziegenheim). Estos son los primeros prisioneros españoles de nuestra zona que llegaron al campo de Mauthausen.

Por ahora no sé lo que llevó a estos hombres hasta los stalags y posteriormente a Mauthausen.

Investigando sobre estos nombres, he descubierto que el Boletín Provincial de Almería del 3 de Marzo del 1937 hace referencia a un tal Pedro Aznar Gómez:



(http://dipalmeria.dipalme.org/biblioteca/BOPA/BOP_1937/0/19370302.pdf)

Este documento me hace suponer que si no se trata de dos personas con el mismo nombre, al contrario de otros que ya residían en Cataluña, este chico estuvo viviendo en Cuevas al menos hasta que estalló la Guerra Civil.

Pero desgraciadamente, esto es lo poco que he encontrado por ahora sobre estos nombres.


Antecedentes

De agosto de 1940 a diciembre 1941, antes de la llegada de deportados políticos y de miembros de la Resistencia, llegarán otros 63 convoys, transportando el 95% de los deportados españoles. Todos, a excepción del convoy de los 927, proceden de stalags de Alemania y de Francia.

En la primavera de 1940, más de 10.000 españoles son apresados por el ejército alemán y confinados en stalags (campos de prisioneros) tanto de Francia como de Alemania.

Inicialmente, en los stalags, los españoles son mezclados con sus compañeros franceses. Son prisioneros de guerra, refugiados políticos, amparados por la Convención Internacional de Ginebra que los Alemanes parecen respetar.

Sin embargo, los alemanes los separan pronto de los franceses al considerarlos enemigos del Reich. Una vez en manos de la Gestapo y de las SS, la suerte cambia de nuevo para los “rojos españoles” que después de interrogatorios en ocasiones brutales, son enviados a campos de concentración, el peor de todos sin duda Mauthausen, un "Vernichtungslager" o campo de la muerte reservado para los detenidos juzgados “irrecuperables” y que será conocido también como el “campo de los españoles”.

El 6 de agosto de 1940, menos de seis semanas después de la firma del armisticio, llega el primer convoy de deportados procedente del Stalag VII-A de Moosburg a Mauthausen. Trae a 398 españoles. Serán los primeros de los 7300 combatientes republicanos que, de 1940 a 1945, serán deportados al campo central, o a sus “Kommandos” satélites, como el siniestro campo de Gusen.

Aquí os pongo tres testimonios del paso por aquellos stalags y del traslado a Mauthausen y que no tuvo que ser muy diferente a lo vivido por nuestros paisanos.

Las primeras semanas, ya internados en los Stalags, campos especiales para los derrotados, fuimos tratados "correctamente", tal como exigían las convenciones internacionales. Los españoles, conocedores ya del régimen concentracionario que nos reservaron los franceses, hicimos una comparación que, en un principio, nos pareció favorable. Trato, alojamiento, alimentación e higiene así lo daban a entender, todo ello favorecido por la organización y disciplina a cargo de oficiales aliados, aunque bajo mando y vigilancia del ejército regular, aleman.

Podría narrar numerosas anécdotas de lo que ocurría en estos campos, pero la más feliz para mí, la que me produjo inmensa alegría, fue encontrarme con dos amigos de nuestro pueblo y que a pesar de los años transcurridos puedo recordar que se trataba de Francisco Lucas y su cuñado Sebastián Forner. Sólo en situación idéntica es posible exteriorizar el contento de estar entre paisanos que han sufrido las mismas vicisitudes.

Estábamos cautivos de nuevo, esta vez en la lejana Alemania en guerra. A partir de entonces seríamos considerados como un simple número, el mío el "Kriegsgefangenen" (prisionero de guerra) 56.262. Nuestra esperanza de que en los Stalags VIII-C y XII-D íbamos a terminar nuestra odisea estaba muy lejos de la realidad. No podíamos imaginar nuestro futuro y trágico destino que, para mis dos buenos camaradas tras horrendas torturas y vejaciones, no fue otro que los crematorios del campo de exterminio de Gusen.

Capturados por el ejército germano, precisamente en visperas de las fiestas de San Juan y San Pedro de nuestro amado pueblo, fuimos autorizados a conservar nuestros escasos objetos familiares cuyo mayor tesoro era alguna foto familiar que, al contemplarla elevaba nuestra decaída moral y que la sola visión de nuestros seres queridos intercambiaba nuestros pensamientos.

El nuevo destino, el primer Lager Stalag -el VIII-C- situado en la Alta Silesia, fronterizo con la Polonia ocupada, nos hizo concebir un halo de esperanza a tenor de la corrección que recibíamos, pensando en el peor de los casos que nuestra situación no era tan desesperada después de las últimas vivencias, primero en España y posteriormente en Francia.

¡Qué lejos estábamos de la realidad! Manteníamos nuestro uniforme azul al que se nos agregó los dígitos correspondientes al número de prisionero. A partir de aquí, nuestra presencia física iba a sintetizarse en la numeración asignada en éste y en el terrorífico campo final.

La región de la Alta Silesia, gran productora de patatas y remolacha, precisaba de numerosa mano de obra que supliese a los movilizados para los frentes de combate. Esta ocupacion, no excesivamente agobiante, nos permitía con la tolerancia de nuestros guardianes llenar los macutos de ambos productos que, regresados al campo saciaban nuestros estómagos.

(FRANCISCO BATISTE BAILA “El Sol se extinguió en Mauthausen”)

Desde aquel momento fuimos custodiados por fuerzas de la S.S., armados con fusil y bayoneta calada y conducidos al campo de;

NUREMBERG (Stalag XIII A)

encerrándonos en dos barracas especiales, aisladas completamente del resto de los internados, pertenecientes a otras nacionalidades.

El Stalag XIII A, es el campo mayor conocido por mí. Su capacidad es inmensa, posiblemente, a juicio mió, puede contener más de un millón de seres humanos.

En el interior del campo existen largas avenidas que la vista no alcanza a ver su fin.

Innumerables alambradas circundan el campo. Pude constatar, en dicho campo, la existencia de campos de deportes, campos de aviación, varios hospitales, barracas grandiosas, o mejor dicho, tiendas de campaña de grandes dimensiones que albergaban cientos y miles de prisioneros civiles y militares que constantemente iban llegando. Además existían barracas de madera de carácter permanente.

Cada internado poseía una cama metálica con su colchoneta y una manta, pero nosotros, los españoles, como favor especial, se nos dio solamente una cama de hierro a cada uno, pero se nos suministraba una buena cantidad de té, dígase agua, y al mediodía se nos daba un litro de puré de patatas, con pequeños trozos de carne, y por la noche apenas doscientos gramos de pan, con su correspondiente salchicha de unos setenta y cinco gramos, o en su defecto, un pedazo de queso y unos gramos de mantequilla.

Después de tan suculento ágape se nos invitaba con un desnaturalizado café sin azúcar.

Las alambradas, además de circundar el campo, separaban unos grupos de barracas de otros, formando islotes tan reducidos y contenidos en su espacio, que no nos quedaba suficiente lugar para pasear.

Todos los días a las 18.30 horas, un pelotón de soldados alemanes nos obligaban a entrar en nuestras respectivas barracas, y el jefe del pelotón, después de ordenar fueran cerradas las ventanas con baldón, cerraba por sí mismo la puerta de salida de cada una de las barracas. En el interior de nuestro alojamiento habían colocado diversos recipientes que servían para deponer nuestras necesidades corporales.

Al siguiente día por la mañana, por riguroso turno, los internados limpiábamos dichos recipientes.

El control diario, que se ejercía como higiene en la barraca, era llevado personalmente por un jefe alemán excesivamente exigente y autoritario.

Dos veces a la semana, el mismo jefe acompañaba a los enfermos, juntamente con una guardia especial, hasta la enfermería.

Al cabo de quince días de rigurosa estancia, llegó un día el jefe alemán haciéndonos formar a todos, saliendo en dirección a la Comandancia alemana, dentro del campo.

Nadie sabía para qué éramos conducidos.

Llegados a las cercanías de dicha Comandancia, nos hicieron formar, tomándonos a todos la filiación personal, las huellas digitales, y por último nos fotografiaron, dándonos una pizarra en la cual iba inscrito el número de presidiario de cada uno de nosotros.

En esta labor pasamos toda una mañana, terminando a las tres de la tarde en cuya hora regresábamos, siempre estrechamente vigilados, a la barraca.

Rápidamente, porque el hambre mordía nuestros estómagos, comíamos el execrable condimento que se nos proporcionaba.

Pasaron unos días en relativa calma.

Al final se presentaron en nuestra barraca nuestros constantes guardianes, con unos ocho hombres elegantemente vestidos de civil, hablando correctamente el español.

Nos dieron la orden de salir de la barraca, formar y pasar a un llano no lejos de la misma; allí nos hicieron sentar en la hierba y fue donde hemos sufrido el registro más intenso y minucioso que hemos tenido durante todo el lapso de nuestro calvario.

Uno escribía a máquina, otro pedía la filiación total del individuo, y el resto hacían llamar hombre por hombre, ordenando que nos desnudáramos por completo, controlando la boca y todo el cuerpo.

Después nos hacían apartar de la ropa que habíamos dejado en tierra, inspeccionándola minuciosamente: bolsillos, costuras y todo lo que pudiese indicar motivo de secreto alguno.

Apartando documentación o papeles el que tenía, con suma atención.

Terminado este registro tan escrupuloso, se nos ordenó vestirnos de nuevo e incorporarnos a los grupos que ya habían terminado.

Este registro duró desde las siete horas de la mañana, hasta las 5.30 horas de la tarde, sólo para un total de unos doscientos hombres.

En este registro ocurrió un caso curioso a un español, mi amigo Juan Zamora.

Entre los papeles que llevaba en su ropa, encontraron un trozo de periódico alemán viejo, que lo recogió por si tuviese necesidad de usarlo. Este papel le costó a mi amigo Zamora varias declaraciones en la Comandancia alemana. En cada una de ellas le acompañaban sus correspondientes palizas, y al fin de tantos interrogatorios, consideraron no darle importancia, porque verdaderamente no la tenía.

Transcurrieron 25 o 26 días, llegando un día la orden de formación general de todos los españoles y como consecuencia la partida.

Era hora ya, pues si llegamos a estar en aquel campo un mes más, la mitad hubiésemos quedado atrofiados.

Hicieron las listas del transporte, formamos entregándonos el racionamiento de un día, para el camino y partirnos hacia la estación, custodiados como siempre cual vulgares criminales. Tras dos días de ferrocarril, y en condiciones pésimas inimaginables, llegamos al campo de;

MOOSBURG (Stalag VII A)

Este campo, a pesar de que fuimos maltratados y apaleados al principio, más tarde resultó ser uno de los mejores campos que estuvimos con respecto a la comida y trabajo.

Habían franceses, polacos, moros, senegaleses, etc. Se le llamaba el campo de los «perros» pues los S.S. patrullaban por el mismo constantemente con perros policías especiales que atacaban, en donde veían algunos grupos, en los que se intercambiaban objetos unos a otro,o bien, hombres que se dedicaban a buscar las peladuras de patatas para comer. Era entonces cuando soltaban los perros, y si eras alcanzado por falta de tiempo para meterte en alguna barraca, te mordían dejándote semidestrozado.

En el mismo día que entramos en el campo, observamos todos nosotros atónitos como un perro de estos salvajes, acometía ferozmente a un moro que andaba camino de su barraca: el desgraciado quedó muerto, después debatirse inútilmente de las garras de aquella fiera.

En este campo fue donde los españoles pudimos constatar la ferocidad que alimentaba la inteligencia de la raza alemana.

El amigo Telechea se trasladaba de una barraca a otra con un plato de comida para su hermano, con tan mal fortuna, que al salir tropezó con un guardia de la S.S., el cual le soltó el perro. El muchacho no tuvo tiempo di huir y al ser atacado se le vertió la comida. Fue mordido en la pierna derecha (muslo) cerca de sus partes.

Acto seguido, el guardia dio orden al perro de que abandonase su víctima.

El amigo Telechea fue conducido a la enfermería, donde se le hizo la primera cura de urgencia; hecha esta operación, fue trasladado de nuevo a la barraca. Por la noche, a eso de las nueve horas, vino el guardia de la barraca preguntando por el español que había sido mordido por su perro, le trajo un poco de comida, añadiendo que le perdonase, pues él era uno de los guardias que se veía, precisado acatar y cumplir las órdenes emanantes del mando alemán.

Con esa explicación consideraban que sus crímenes estaban exentos de ulteriores juicios.

Digno de mención eran, también, los grandes y consecutivos disturbios que se producían en el campo, durante el intercambio de los objetos.

Muchas de las veces eran motivados por los mismos oficiales alemanes que, delante de todos, querían conseguir partes de ellos, sin ofrecer en cambio cosa alguna.

En este campo trabajé de pelador de patatas primero, y después de albañil.

Fue allí donde vi al compañero Pey que se encontraba en los Batallones de Marcha.

La estancia en el campo de Moosburg (Stalag VII A) no fue tampoco muy larga: un mes aproximadamente.

Cierto día, como en los otros campos anteriores, se corrió el rumor de que los españoles íbamos a ser repatriados (se aseguraba que esto lo había manifestado un oficial alemán personalmente, en nuestra barraca).

Cuán no sería nuestro entusiasmo al correr estas manifestaciones.

No obstante, en ellas se ocultaban la verdad cruda.

Un día y con orden urgente, nos hicieron formar para partir.

Como siempre confección de listas de transporte, anotando como algo extraordinario; nombres, apellidos y oficio, preguntas que nos llenaron de incertidumbre, puesto que había diferentes rumores, en los que se afirmaba que partiríamos hacia Austria (alrededores de Linz) para trabajar en un campo, cada uno en su oficio o profesión y que después de tres meses de prueba seríamos liberados y trasladados hacia España.

El hombre siempre vive de esperanzas, y como es natural, la mayoría no pensábamos en un mañana peor.

La ilusión más optimista nos hacía vivir en aquellos momentos, intensamente. Consultaba yo con varios de mis amigos, entre ellos Busquets, Emilio y otros tantos, s posibilidades verídicas que circulaban alrededor de nuestra situación.

Al fin, fuimos trasladados a la estación, esta vez más escrupulosamente guardados que de costumbre, haciéndonos entrar en vagones pestilentes, que servían o habían servido para traslado de animales porcunos.

Nos entregaron un pequeño trozo de pan con su correspondiente 60 a 75 gramos de salchicha, todo esto para 24 horas, teniendo que mantenernos con tan abundante comida durante dos días.

Por las rejillas de los vagones observábamos el paso de las estaciones, sin notar nada de anormal.

Al llegar a los alrededores de Linz, tuvimos la gran decepción al contemplar los trajes rayados que cubría miserablemente los hombres famélicos, que agotados marchaban obedeciendo a los cabos de vara que los conducían a trabajos forzados. Sus voces y sus gestos eran acompañados de duros y feroces golpes.

¡Qué emoción invadió nuestros corazones! ¡Qué impresión tan desmoralizadora nos causó la presencia de tanta víctima!

Nuestras ilusiones, nuestro optimismo, fue destrozado en mil pedazos en un solo instante.

En nuestro pensamiento buscábamos el contraste de todas nuestras vicisitudes, no encontrando parangón a lo que estábamos presenciando.

Seres humanos, la mayoría luchadores en pro de la libertad, hoy considerados como criminales penados a vivir muriendo, dejando tras sí la estela del dolor inconmensurable, en una esclavitud ignominiosa,

Los atributos de la inteligencia y virilidad, sinónimo de los hombres, quedaban postergados y anulados, ante otros hombres convertidos en bestias humanas.

Silenciosos en la contemplación, nuestra moral vitalizada por intensa rebeldía, cristalizaba en nuestros rostros, más que el temor, el espíritu de lucha.

Nosotros, luchadores en pro de una justicia más humana, sancionamos desde aquel momento el criminal sistema nacional-socialista, entronizado por la mente de un monocéfalo que impuso el crimen, como sistema y método, para eliminación de todo lo que representase conciencia libre.

MAUTHAUSEN

Durante cuatro años, los alemanes hicieron una verdadera ciudad de terror y de crimen, donde miles de hombres de todas las nacionalidades hallaron la muerte más espantosa.

El día 1 de agosto de 1940, a las once horas de la mañana, entrábamos los «primeros españoles» en el campo de Mauthausen.

Al llegar a sus puertas, nuestros ojos observaron un frontispicio, simbolizando la calavera en tibias cruzadas sinónimo de muerte.

Las famosas águilas imperiales, creación del espíritu monstruoso hitleriano, presidían el tétrico recinto.

Nuestra ascensión al campo la efectuamos por un camino tortuoso.

El rigor del verano era sofocante. Los rayos ardientes del sol quemaban nuestros cuerpos, y el sudor corría por las frentes y mejillas, reflejándose en nuestros rostros demacrados y extenuados, el cansancio agotador.

[...]

AMADEO SINCA VENDRELL: Lo que Dante no pudo imaginar: Mauthausen-Gusen 1940-1945. Producciones Editoriales, Barcelona 1980, pág. 69-87


"El día 22 de diciembre salía del campo enrolado en la 101 CTE (…), destinada a la construcción de una trinchera antitanque, durante cinco meses. Después de cuatro días de retirada muy desordenada, el día 20 de mayo de 1940 fuimos capturados como prisioneros de guerra por el ejército alemán, en las cercanías de Amiens. Nos condujeron andando hacia la frontera de Luxemburgo sin ninguna comida. La marcha duró más o menos una semana. Una vez allí nos hicieron subir a un tren de mercancías, mezclados con soldados franceses, ingleses, belgas... Llegamos a la ciudad alemana de Trier. Aquí existía un campo de selección para prisioneros de guerra. Pasamos más de una semana.

En la primera quincena de junio nos trasladaron al Stalag XIII-A, situado en Nüremberg, donde nos dieron una placa con el número de prisionero de guerra. Cuando llegamos a este campo fuimos controlados por la Gestapo y cacheados como si se tratara de bandidos peligrosos. Desde este momento nos emplazaron en tres barracas completamente aislados del resto del campo. En el mes de julio fuimos de nuevo trasladados a otro campo de prisioneros de guerra situado cerca de Moosburg [Stalag VII-A]

El día cuatro de agosto nos formaron y se nos anunció que marchábamos para España. Subimos a un tren de mercancías y dos días después llegamos a la estación del pueblo de Mauthausen donde nos esperaban los soldados S.S. El día 6 de agosto de 1940 atravesé la puerta de la entrada principal del campo de concentración de Mauthausen."

El viaje en tren durante dos días fue una tortura: es pleno verano, los prisioneros viajan hacinados en los vagones, sin agua ni comida, y obligados a orinar y defecar en esos recintos cerrados. Es el primer contingente de españoles que arriba cuando el campo no era aún una fortaleza y unos alambres electrificados señalan la extensión del mismo. En el momento de la llegada de los primeros republicanos españoles ya se encontraban en el campo austriacos, alemanes, polacos y checos.


Extracto de http://www.todoslosnombres.org/doc/biografias/Gutierrez%20Perea%20Juan%20-%20Benamargosa%20(Malaga).pdf
De estos primeros prisioneros de Mauthausen sólo sobrevivió Francisco Jódar Camacho. En el momento de su llegada en 1940 tenía 21 años.

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